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Sólo he tardado casi ocho años en volver a Dublín. En 2011 viví allí como una lapa durante dos meses mientras Gorka estaba de Erasmus por tierras irlandesas y desde entonces, como mínimo una vez al mes pensaba en volver. La mejor excusa ha sido el cumple de una colega de la kuadrilla que vive allí así que nos juntamos 12 personas y nos plantamos en la capital a pasar un fin de semana de turisteo. Pillamos los vuelos con unos cuantos meses de antelación por lo que nos salió a cada uno por poco más de 100€, que para ser fin de semana y directo no está nada mal. El alojamiento fue lo divertido. ¿Dónde meternos 13 personas a ser posible todas en la misma habitación? MEC HOSTEL fue la respuesta. Apenas pagamos 70€ por tres noches a pocos pasos del centro de la ciudad y es un alojamiento al que volvería si fuese en grupo.

Lo primero a lo que me tuve que “enfrentar” fue a decidir qué cámara llevar teniendo en cuenta que en Dublín no tenía ningún trabajo cerrado y que los días serían moviditos entre tanta actividad, así que decidí llevarme la Nikon 1 J5 que no tiene toda la calidad de la reflex, pero como puedes ver tampoco es una patata. La llevaba en el bolsillo y eso hacía que no tuviese que plantearme si sacar o no la cámara de la mochila, prepararla, encuadrar, exponer y disparar.

Después de esperar más de una hora para salir del aeropuerto, otro tanto para el taxi, el viaje hasta el hostel y soltar las maletas, nos fuimos a comer como locos para coger fuerzas para la primera visita contratada. Unos 20 minutos a pata después (a las 17:00 ya era de noche, por si te planteas ir en noviembre que sepas que la luz no dura mucho por la tarde) llegamos a la Antigua Destilería Jameson (The Old Jameson Distillery). Yo no soy de whisky, pero desde luego volvería una y otra vez. Apenas pagamos 20€ por la entrada con la que teníamos una visita guiada (esta sí o sí se hace en inglés, así que antes de que me lo preguntes, no, no me enteré de mucho), una pequeña cata de diferentes productos de la casa y una consumición. El sitio es brutal, desde la entrada hasta las tripas de la destilería. Mi cabeza explotó allí dentro, todo eran nuevas ideas, inspiración… nada tienen que ver con el whisky, si no con la imagen de la marca, lo que transmite.

Para terminar el primer día, fuimos a cenar a una hamburguesería bastante conocida y recomendada de Temple Bar, Bunsen, con una carta del tamaño de una tarjeta de visita (literalmente). ¿Opciones para vegetarianos? Ninguna… pero me puse hasta arriba de boniatos.

Al día siguiente nos preparamos para hacer el free tour de la ciudad con SANDEMANs. No me tienen contratada ni me pagan por hacerles publicidad, simplemente es el que nosotros contratamos y la verdad es que me gustó mucho poder conocer tanta historia de la ciudad en castellano. Conocí el mundo de los free tours cuando viajé a Escocia con tres colegas hace un año y es algo que recomiendo a todo al que le guste enterarse un poco de las cosas que han pasado y pasan en las ciudades que visita, incluso en la que vive, que nunca está de más. No sé si conoces como funcionan estos tours, a pesar de ser gratuitos, los guías son autónomos y cobran lo que ganan con cada tour, que básicamente es lo que cada uno decide darle una vez terminada la visita. En nuestro caso, siendo un grupo de más de 10 personas tuvimos que contratar y pagar el tour a través de la web, aunque una vez que la guía terminó decidimos darle algo más porque se lo ganó. Fueron dos horas y media (más o menos) de tour que empezamos en el antiguo ayuntamiento, siguiendo por el castillo de la ciudad, la catedral de la Santísima Trinidad, Temple Bar y el banco de Irlanda. En ninguno de esos sitios entramos, todo lo hicimos a pie de calle. Acabado el tour fuimos a hacer una visita a Molly Malone, cruzamos por el interior del Tryniti College y fuimos a comer a The Celt, un tradicional Irish Pub donde poder degustar las recetas tradicionales del país. Para los vegetarianos, yo me metí entre pecho y espalda un plato de tortellini de alcachofa con espinacas y parmesano que madre mía cómo estaba… para repetir. Con la panza llena volvimos al Trinity con la intención de entrar en al famosa biblioteca de la universidad, pero si vas a Dublin tienes que tener muy en cuenta que los museos, galerías, tiendas etc cierran muy temprano, así que cambiamos la biblioteca por un paseo por los jardines, el campo de rugby y la Science Gallery. Una vez acabado todo el turisteo pasamos al vicio. Tengo que decir que a mí no me gusta la cerveza, ni la rubia, ni la tostada, ni la más negra como la Guinness. Cuando llegué a Dublin para pasar un par de meses y vi que no era capaz de beberme ningún tipo de cerveza tuve que encontrar una alternativa para las noches más largas y descubrí mi perdición (siempre respetando al Kalimotxo), la sidra de fresa y lima. Bien, aclarado este punto que seguro te ha resultado muy útil, sigo con el plan.

Cosas del destino, ese día se jugaba en Dublín el partido del año de rugby, Irlanda vs New Zealand, así que el mejor plan para esa noche era buscar un pub poco masificado para beber y ver el partido. Temple bar estaba hasta las cartolas, así que si quieres un buen pub en el centro en el que encontrar sitio sin tener que pegarte con nadie y encima poder cenar, TP Smith es tu sitio.

El tercer y último día lo empezamos fuerte, la joya de la corona, el top número uno: la Guinness Storhouse. Desde el hostel teníamos algo más de media hora a pata. Todo el viaje lo hicimos a pie menos los transportes del aeropuerto al hostel que pedimos taxis. Así que después de la duchita, el desayuno y la primera toma de contacto con la temperatura ambiente, nos dimos un paseito hasta la fábrica. Si en la destilería de Jameson me explotó la cabeza, en la Guinness terminó de explotarme el resto del cuerpo. Soy una fanática de las paredes de ladrillo, las calles empedradas, los portones de madera, todo lo que sugiera una época en la que el transporte fuese el caballo, que se vistiese con zapatos elegantes, las gorras Gatsby, los abrigos largos… si conocéis la serie Peaky Blinders, es el resumen perfecto. Así que cuando enfilé la primera calle por la que entramos de la Storehouse y vi de lejos ese portón con el logo pintado, los raíles del tren, los edificios que parecían el plató de alguna película, los carros tirados por caballos… ME QUERÍA MORIR! No había visto en la vida cosa más bonita que aquello y sólo por ver el exterior de la fábrica ya había merecido la pena el viaje (puedes verlo sin tener que pagar la entrada, que fueron unos 20€). Al entrar la primera sensación fue la de entrar en un parque temático de la cerveza Guinness, todo era maravilloso, todo tenía luces, además, yo que soy una enamorada de la Navidad, flipé cuando vi que toda la ciudad ya estaba preparada para ella.

Una vez dentro, por 1 euro tienes la posibilidad de contratar una audio guía que recomiendo 100%, sobre todo para los que como yo no tenéis ni idea de inglés. La visita pasa por la elaboración de la cerveza, la historia de la familia, la tonelería, el transporte, la publicidad, cata, aprender a servirla y para terminar las mejores vistas de la ciudad en 360º. Salí de allí todavía más inspirada, dando una y mil vueltas a la imagen de Mestizaa, la papelería, el diseño… una locura!

Cuando salimos fuimos corriendo a la última visita contratada del viaje, la cárcel de Kilmainham. Un sitio que te remueve por dentro, que te hace sentir cosas que sólo te acercas a sentir con series o películas. La entrada fueron 9€ y la visita se hace en inglés también. Es un lugar al que volvería aunque me quedé con la pena de no entender muchas de las historias que contaba en relación a la guerra de la independencia que sufrió Irlanda. Cuando aprenda de verdad a hablar en inglés en algún momento de mi vida volveré.

Para terminar el día, cenita y sidra. Al día siguiente teníamos que coger el taxi a las 5 de la mañana para ir al aeropuerto así que decidimos cenar pronto, tomar una e ir a dormir. La anterior vez que estuve en Dublín me enamoré de un restaurante en Temple Bar ambientado en los Estados Unidos de los años 80. Motos dando vueltas, estatuas de Indios de madera de 2 metros, música ochentera, comida basura y carreteras infinitas: Thunder Road Café. Y para “la última y a casa”, uno de esos sitios que si no te recomiendan seguro no conoces a no ser que llegues de casualidad como nos pasó: Fibber Magees. Lo mejor del bar no es el bar en sí, que también, si no el patio interior que tiene y que conecta con otros dos locales completamente diferentes donde se puede llegar a juntar todo tipo de personas. Fue la mejor manera de terminar el viaje.

Siempre tengo un poco de miedo de volver a un sitio del que tengo tantos recuerdos y todos buenos, porque muchas veces el cerebro lo maquilla y lo hace mejor de lo que en realidad fue, pero puedo decir sin mentir que volver ha sido de las mejores cosas que he podido hacer en mi vida. Me quedé con pena de no poder ir a ver varios sitios que tenía en mente, como el parque Phoenix, Dublinia o el museo de historia natural, pero para eso nada mejor como volver a ser posible antes de que pasen otros ocho años.

Comentarios

Maider, me ha encantado el post!! La verdad es que son super útiles para coger información antes de ir a un destino.
Tengo muchas ganas de ir a Dublín y más después de haber leído y visto tu experiencia ytus fotacas 😀 😀 😀

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